miércoles, 11 de septiembre de 2013
lunes, 24 de junio de 2013
Felicidades
Bueno, la verdad es que no soy mucho de santos...pero que diablos, un día es un día...Felicidades Su Majestad (y allegados).
lunes, 22 de abril de 2013
Esto no es Nueva Zelanda
A mediados de los noventa un médico sudafricano llamado Werner Bezwoda, profesor de hematología y oncología, publicó varios estudios respecto a los buenos resultados obtenidos contra el cáncer de mama con metástasis gracias a su terapia basada en una sobredosificación de la quimioterapia que destruía completamente el sistema inmune de los pacientes. Su “método” consistía en una extracción previa de células madre que posteriormente servirían para reiniciar el sistema inmunológico de la paciente desde “cero”. Era un tratamiento tremendamente agresivo y peligroso (el 22% de las pacientes fallecían en el plazo de tres meses), que tuvo un gran auge en todo el mundo. Hubo opiniones que llamaron a la prudencia, pero apenas fueron tomadas en consideración hasta que otros estudios demostraron resultados totalmente contrarios a los presentados por Werner Bezwoda. Cuando se analizaron con más profundidad los datos presentados por el médico sudafricano se descubrió que algunas de las pacientes citadas no existían, que otras no habían recibido el tratamiento descrito y por último otro grupo de mujeres que no tenían ni idea de haber participado en ningún estudio. En resumidas cuentas, miles de mujeres en el mundo recibieron, o quizá sería mas correcto decir sufrieron, un tratamiento que no era más que un fraude.
Está claro que las convicciones son importantes y que algunos científicos con tal de demostrarlas están dispuestos a obviar los datos que las contradicen o que simplemente las ponen en entredicho. Algo muy lícito siempre que sus estudios ocupen el espacio que les corresponde en la sección de mitos, leyendas, religión o ficción, y no en las estanterías dedicadas a las publicaciones científicas. El citado ejemplo, lamentablemente no es una excepción, otro caso célebre, este en el campo de la psicología fue el de Cyril Lodowic Burt, cuyas teorías tuvieron una amplia repercusión en el campo educativo y que trataron de demostrar el factor hereditario en el coeficiente intelectual, (los ricos eran más listos). Tras su muerte se comprobó que los resultados habían sido falsificados. Pero durante décadas sirvieron para justificar las diferencias sociales y también raciales (célebres también fueron los test de la Isla de Ellis).
Evidentemente existen instrumentos para evitar estas situaciones, claro que de nada sirven las opiniones disidentes cuanto estas teorías son sustentadas por intereses políticos y económicos. En este caso cualquier crítica es despreciada, aislada o ignorada. Tal es el caso del llamado “Excelgate”. Ahora que otros economistas han tenido por fin acceso a la información utilizada para justificar las políticas de austeridad que se han estado aplicando; una vez que han podido analizar los números que explicaban la tragedia que podía acontecer si se superaba el 90 % de endeudamiento público, para sorpresa de algunos (que seguramente no haya sido tanta), se ha comprobado que cuando el análisis de los datos se alejaba de las conclusiones a las que los dos economistas que los realizaron querían llegar, dichos datos fueron amañados, enmascarados o directamente ignorados. Sin embargo me temo que el escándalo será una tormenta en un vaso de agua, simplemente porque si los gobiernos se dedicaron a evitar traspasar esa enfermiza frontera, por cierto, con muy poca fortuna y mucho sufrimiento para los ciudadanos, fue porque quisieron hacerlo.
¿Qué respuesta nos darán a ese error? Posiblemente ninguna, o lo que es aún peor, la que dio un mal nacido con el título de medicina al marido de una paciente, que por su profesión tuvo acceso al informe que denunciaba el fraude del doctor Werner Bezwoda y trató de evitar que su esposa fuera sometida a una terapia de altas dosis: “Bueno, esto no es Sudáfrica” fue la respuesta del carnicero. Pues eso, esto no es Nueva Zelanda.
domingo, 14 de abril de 2013
miércoles, 27 de marzo de 2013
Chipre, capital Stalingrado
Stalin definió en una ocasión a
Hitler como un apostador que no sabía cuando debía parar. Lamentablemente esta
definición puede ser trasladada a nuestros tiempos y aplicada a los miembros de
la Troika, adalides de tahúres y especuladores, atados a sus recetas incluso
cuando los hechos demuestran su ineficacia, en lugar de retirarse y reducir sus
pérdidas, suben las apuestas. Claro que esa es una de las ventajas que tiene
jugar cuando el dinero no te pertenece. En Chipre pretendieron dar un nuevo
salto cualitativo y cuantitativo, exigiendo no solo los clásicos sacrificios (reducciones
salariales, recortes sociales, incremento de impuestos indirectos), sino
también echar mano a una parte de los ahorros de los ciudadanos para salvar un
sistema colapsado por las descontroladas prácticas de unos bancos acostumbrados
a la cómoda impunidad de no asumir nunca responsabilidades.
La medida es tan absurda y estúpida
que no queda más remedio que pensar mal, máxime cuando las autoridades de Bruselas
han afirmado, tras desmentidos y ratificaciones, que ese será el modelo a
aplicar en futuros rescates. En resumidas cuentas, advierten a los grandes capitales
que se alejen de los centros de riesgo, es decir, las naciones del sur de
Europa y ¿ qué mejor lugar para depositarlos que los bancos alemanes o paraísos
fiscales, donde estarán seguros y a salvo de cualquier expolio? Así que una
irresponsabilidad, justificada con balbuceos y argumentos que tan solo
convencerían a un niño (y solo si estuviera dormido), se traduce en una
operación de descapitalización de los países en dificultades.
Por supuesto es evidente que
quienes se enriquecieron con la crisis financiera deben contribuir a resolverla,
pero esta no es la manera. Si realmente tuvieran interés en moderar el desmadre
del sector recurrirían a algún tipo de tasa sobre las operaciones financieras
(Tobin), pero esta no es su intención. La poderosa Alemania, guiada por los “austericidas”
no tiene suficiente con saquear la existencia de los europeos con sus recetas,
ni desposeerla de su capital humano, ahora quiere el dinero de los grandes
ahorradores y si de paso consigue que la pequeña Chipre tenga que vender los
derechos de explotación de sus reservas de gas, mucho mejor, así ya no
dependerán tanto en términos energéticos, del siempre inseguro y caprichoso
proveedor ruso. Y si en el camino se desintegra Europa, eso no parece
preocuparles. Demasiado seguros se sienten estos alemanes, tanto como Hitler
cuando invadió la URSS en 1941. Ya veremos si somos testigos de cómo su
arrogancia se estrella en otro Stalingrado, esta vez económico.
viernes, 8 de marzo de 2013
Ilusiones
Algunos parecen sorprendidos por la rapidez en la que puede
cambiar un país en apenas tres años. La España que parecía estar en condiciones
de hacerse un hueco entre los ocho grandes, se ha desvanecido rápidamente. La
misma que hace unos años fuera el dorado de inversionistas ingleses y alemanes,
parece condenada a retornar a las panderetas y peinetas. Incluso algunos están
empeñados en intimidarnos, y una vez agotados los recursos para convencernos
por la buenas de aceptar el difuso golpe de estado financiero, están
despertando el viejo y clásico temor, a cuenta de la soberanía de Cataluña, al
golpe militar, implicando a generales, que perplejos por las imputaciones,
tienen que aclarar sus palabras.
Es cierto, la situación es complicada, pero como nuestro reciente
optimismo, el catastrofismo solo es una excusa para justificar, por la vía de
urgencia, un cambio en el modelo social antes de que los ciudadanos europeos,
especialmente los del sur, puedan articular una respuesta al desmadre
perpetrado por los intereses financieros, con la activa complicidad de la
comisión europea y los gobiernos. Lo que se inició como una crisis financiera,
convertida hábilmente en crisis de deuda pública, se está transformando en una
crisis política y social. Y en esta rápida sucesión de acontecimientos existe
un elemento fundamental que ha sido menospreciado, y es el hastío previo de la
ciudadanía, hacia un sistema que mostraba algunas contradicciones solo
disimuladas por la aparente prosperidad económica fruto de la burbuja inmobiliaria.
Y cuanto utilizo el término aparente es porque en términos reales la burbuja
aportó bien poco al país y sus gentes. Ya en aquellos tiempos de “bonanza” la
pobreza en nuestro país se acercaba al veinte por ciento de la población. Una
cifra que demuestra que ese “crecimiento” no sirvió para mejorar las
condiciones de vida de la población, sino más bien para todo lo contrario, ya
que puso las bases para que una vez el saqueo se hubiera consumado, el número
de personas en riesgo de exclusión social y de pobreza se ampliara como
consecuencia del desempleo, el endeudamiento de las familias y las políticas de
recorte social.
Bien es cierto que fue fácil creer en el discurso oficial de que
“España iba bien”, y quien hizo esa afirmación no mentía, tan solo obvió
mencionar el pequeño detalle de a quién realmente le iba bien. Claro que la
realidad siempre acaba desmintiendo los optimismos oficiales, aunque esto
evidentemente no resta sufrimiento a quien lo está perdiendo todo. Sin embargo
el cansancio se ha materializado rápidamente para sorpresa de expertos y
optimistas de jubilaciones doradas. Al sistema surgido de la Transición,
incluido el modelo de partidos políticos, se le rompen las costuras. La
corrupción y la falta de respuestas que satisfagan las aspiraciones ciudadanas
está generando un profundo divorcio que presenta un preocupante rasgo, ninguno
de los implicados quiere darse por enterado, actuando como si esto solo fuera
una tormenta pasajera que acabará por remitir, dejando las cosas tal como estaban.
Pero esta pretensión es tan solo otra ilusión, la brecha es
demasiado profunda como para que una vez la situación económica se estabilice
todo quede igual. Tan cierto como es que los neoliberales aprovecharon la
crisis para tratar de cambiar el modelo de relaciones sociales, lo es que una
parte importante de la población demanda un profundo cambio político que sea
realmente representativo y transparente. Un sistema en el que la corrupción
solo sea un residuo, no como hasta ahora que parece ser la grasa que mueve los
engranajes del sistema. Quien quiera pensar que todo lo que está ocurriendo es
una etapa sin consecuencias futuras, puede seguir soñando, en su pretensión de
ignorar que nos encontramos en un proceso profundo de cambio y que nada será igual
cuando finalice. La cuestión es quién ganará, si los intereses financieros y
sus partidos vasallos o las legítimas reivindicaciones ciudadanas. Esto aún
está por ver.
jueves, 14 de febrero de 2013
Desahucios
Los desahucios no son solo el final de un sueño, el desalojo de una ilusión, sino la cruda constatación de cómo un sistema privilegia al verdugo en su ensañamiento sobre la víctima. En este país el sistema financiero no solo es inclemente, sino también cruel. No tiene suficiente con quedarse con la vivienda, sino que también acosa a los desahuciados el resto de sus vidas; les persigue con una deuda incrementada con intereses desproporcionados y salvajes, que casi siempre impiden que las personas puedan recuperar sus vidas, condenándolas a una suerte de clandestinidad económica en la que nunca podrán poseer nada, ni siquiera un sueldo digno. Los sentencian a ser sus esclavos el resto de su vida. Hacen algo que debería ser considerado delito de lesa humanidad, les arrebatan la esperanza.
No es cuestión de argumentar sobre los privilegios que concede la Ley Hipotecaria a los bancos, ni sobre el que éstos se atrevan a rechazar la tasación realizada por ellos mismos cuando concedieron la hipoteca. Todos ellos son elementos sobradamente conocidos que nos revelan el estado de abuso, encanallamiento y desproporción de los bancos. Las mismas entidades que alimentaron la especulación y que ahora, cuando vienen mal dadas, en lugar de perseguir a los constructores o promotores, que representan las tres cuartas partes de la deuda del ladrillo, se ensañan con el consumidor final que, todo hay que decirlo, si se metió en una hipoteca de dimensiones descomunales no fue por capricho. Se limitó a pagar el precio que exigía el mercado dejándose llevar por la opinión de expertos, los mismos que le arreglaban el crédito que ahora los hunde, y que decían que el precio de la vivienda nunca bajaría.
Los desahucios están provocando un lento goteo de vidas humanas, personas que deciden morir, como la pareja de jubilados que lo hicieron juntos. Y lo más terrible es que seguramente tomaron esa decisión porque no quisieron ser una carga para nadie. Respeto su decisión, aunque me entristecen las razones, y me asusta el infierno por el que pasan esas personas para llegar a la conclusión de que su única salida es morir. Y en esto no podemos mirar en otra dirección, ni siquiera por temor a vernos reflejados. Hay que resistir a quienes alquilan voluntades y leyes para comprar impunidad. Y en esta lucha que nos han declarado los poderosos, cegados por su codicia, arrogancia y el deseo de poseerlo todo, solo se me ocurre, y os pido disculpas por ello, alterar una frase de Tierra y libertad: “Ellos tienen mucho pero nosotros somos muchos más”.
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