martes, 6 de octubre de 2009

Villanos

Debo confesarlo, en mi infancia odié a Piolín, al Correcaminos y a veces a James Bond. A los únicos héroes a los que tuve en consideración fueron el Capitán Trueno y Asterix, tipos que además de valentía demostraban inteligencia. En cambio, en ese universo de ficción donde el bien se impone al mal y sabes que los muertos una vez terminada la función se incorporan y vuelven a sus casas, siempre sentí un gran respeto y admiración por tipos como Goldfinger, el gato Silvestre o el Coyote. Esta predilección no fue el resultado de haber sido seducido por el lado oscuro de la fuerza, ni tampoco porque voces en mi cabeza así me lo indicaran, la explicación es mucho más sencilla y tiene que ver con la naturaleza de esos villanos. Los malos de la ficción eran tipos inteligentes e imaginativos, vale, cometían delitos, pero debemos reconocer que lo hacían a lo grande y con mucho estilo. Da lo mismo que su objetivo fuera dominar el mundo o devorar a un insoportable e insufrible cabezón amarillo, sus planes tenían elegancia, sofisticación y por supuesto perversión. Muchas veces me sentí frustrado cuando un pájaro impertinente, un agente secreto acartonado o un superhéroe que no sabía ni ponerse los calzoncillos como era debido, y que el uso más imaginativo que sabía dar a su cabeza era utilizarla como ariete, vencían en el último minuto sin ni siquiera despeinarse.

Alguien podrá pensar que quien escribe estas palabras está más “p’allá” que “p’aquí” o tiene demasiado tiempo libre, porque realmente se debe de estar muy aburrido para ponerse a despotricar del pobre Piolín. Sin embargo, debemos considerar la cuestión desde otro punto de vista y es que esos dibujos animados, y sus finales mágicos, contribuyeron a construir unas narraciones inexistentes en el mundo real. Lamentablemente en esta parte de la existencia las cosas no están tan claras ni tan definidas. Los “buenos” se dividen entre los que abiertamente están en connivencia, activa o pasiva, con los villanos y los que son testigos impotentes de cómo algunas partes de nuestro planeta son lentamente dominadas por complejos e imaginativos entramados criminales que casi siempre se salen con la suya. Ya sabía que la realidad superaba a la ficción, pero nunca llegué a sospechar que pudiera llegar el día que me sentiría huérfano de justicia y que echaría de menos a esos héroes y villanos de ficción ni a sus películas de previsibles finales.

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