martes, 22 de julio de 2008

Crónicas de un tiempo sin líneas (II)

Transferencia

-Fernando, somos amigos hace más de sesenta años, has vivido mucho más de lo que vivieron tus padres y los míos. Perteneces a la primera generación capaz de superar los cien años de vida. Cien años plenos, sin decadencia física ni mental, sin dolor. Pero la ciencia ya no puede hacer nada más por ti.
-¡Pero algo se podrá hacer! Pese a que es la tercera vez que Alfonso repite la misma respuesta, yo he insistido una y otra vez, como si repitiendo mi pregunta, la respuesta pudiera cambiar.
-Si es por dinero...- Un gesto de su mano me da a entender que no continúe por esa dirección.
-Por desgracia, Fernando, el dinero no es el problema, podemos seguir cambiando órganos, renovando tu piel y tus músculos, pero tu cerebro se acerca al final y para ese aún no tenemos recambio. Ahora podemos evitar muchos de sus procesos degenerativos. Hace apenas cincuenta años la gente aún moría sin darse cuenta. Hemos logrado superar esas situaciones, pero por alguna razón que desconocemos, cuando el cerebro se acerca a los ciento veinte años empieza a apagarse y nada parece ser capaz de estimularlo ni de prolongar su funcionalidad.
Sus palabras me recuerdan la muerte de mi padre, como un vegetal. Incapaz de reconocerse, incapaz de reconocer a nadie. Su muerte fue un alivio para quienes le habíamos querido. Sólo unas semanas después el alivio fue dando paso al recuerdo de quién había sido y sólo entonces pude empezar a llorarle. Después de eso me juré a mi mismo no pasar por esa situación. Durante años fingí ignorar el miedo a la decadencia, a la destrucción, a la pérdida de mi identidad. Cuando los primeros indicios del final de la juventud empezaron a mostrarse, inicié mi lucha contra la decadencia. No soportaba los cambios que la naturaleza imponía en mi cuerpo. La progresiva pérdida de funcionalidad de mis órganos: Primero el corazón, después los pulmones, los riñones, el hígado y el estómago. Todos parecían conspirar contra mí. Mi cuerpo se había convertido en mi peor enemigo.
Durante algún tiempo mis células madre fueron las que prolongaron la juventud y la salud. Después la biomecánica convirtió mis reconocimientos médicos en una revisión como las que se hacían a los viejos vehículos de combustión interna: cambio de aceite a los treinta mil. Ajuste de articulaciones, cambio de filtro hepático y renal cada quince mil. Me sentía más una máquina que un ser humano. Pero cuando con noventa años eres aún capaz de jugar durante dos horas un partido de tenis, entonces da igual casi todo. Además las máquinas rara vez fallan y si las conservas bien duran mucho tiempo.
Ahora he de escuchar que todo esto se ha terminado. Mi cerebro se niega a continuar viviendo, se rinde como si estuviera ya agotado y deseara descansar para siempre. Me resisto, vuelvo a repetir lo mismo. –Algo se podrá hacer- .
Para mi amigo todo es muy sencillo, él tiene sesenta años y durante otros veinte podrá continuar manteniéndose con el mismo aspecto gracias a sus células madre y a la cirugía, para él es muy sencillo, con esa piel suave y tostada, una cara sin arrugas, unas manos sin manchas y un pelo abundante y brillante.
-¡Maldita sea!- estallo con furia. -Tienes que hacer algo, aún soy joven, aún me quedan muchas cosas por hacer. No puedes decirme que todo se ha terminado y enviarme a casa con unos golpecitos en la espalda.
Me mira sorprendido por mi estallido, es la primera vez que es testigo de uno de mis accesos de furia.
-Está bien Fernando- me dice con voz tranquila. -Vuelve la semana que viene. Pensaré en esto y haré unas cuantas llamadas, tengo algunos compañeros de universidad dedicados a la investigación. A ver si podemos encontrar algo que como mínimo retrase un poco el proceso. Pero no te puedo prometer nada.
Doy las gracias sin mirarle mientras voy hacia la puerta de su despacho. Salgo a la calle algo más tranquilo. Sé que un poco de presión de vez en cuando ayuda, especialmente si tus donaciones mantienen a todo un equipo investigador del hospital, tu médico recibe de forma discreta cada año como regalo de navidad paquetes de acciones muy rentables y su casa de verano pudo adquirirla gracias al préstamo sin intereses que salió de mi bolsillo.
Entro en casa. Hace más de veinte años que vivo sólo y desde entonces siempre ha sido un lugar silencioso. Dejo el abrigo sin encender las luces, la penumbra me acompaña hasta el sillón. Me siento y observo la oscura pantalla del televisor. Recuerdo a Laura, mi exmujer, ella siempre creyó que la vida tenía una razón de ser, una razón metafísica que explicaba la muerte. Según ella, tratar de sustraerse al ciclo de las cosas transformándose en una máquina, era algo que iba contra la misma existencia humana. Un reto a los dioses y a la propia naturaleza, un punto de vista absurdo. La vida es lo que es, no hay nada más allá. ¿Los dioses?, malditos dioses. ¿Dónde estaban ellos cuando mi padre tuvo aquella muerte miserable? Esa necesidad de trascendencia, de encontrar un sentido a la vida, sólo era un desesperado intento de nuestros antepasados de encontrar una explicación y un consuelo a la brevedad de sus vidas. El único auxilio real del hombre sólo es el hombre y lo que no hagamos por nosotros mismos nadie lo hará por nosotros.
Pero para ella esa trascendencia era una verdad esencial. Cuando su fuente de células madre se agotó, fue consecuente, se dejó envejecer. Después de esa decisión y pese a llevar con ella casado casi cincuenta años opté por divorciarme, alejarme de ella, de su decadencia. No quería a mi lado una mujer cuya piel llegaría a ser como el cuero reseco. No quería que su egoísmo se convirtiera en un espejo, en el recordatorio permanente de mi futuro.
Hace cinco años murió. Ni siquiera fui a su entierro. Nuestros hijos no me lo han perdonado ni creo que lo hagan. Pero la verdad, me da exactamente igual. No me queda ya ningún amigo, casi todos han desaparecido. Como leí en una ocasión “unos arrebatados por la vida, otros por la simple imposibilidad de cruzar la calle”. Ahora me limito a llamar de vez en cuando a alguna prostituta, ya casi más por costumbre que por verdadero deseo sexual. Sólo mantengo una cocinera a la cual nunca he visto y a un perro a “pilas”, a veces necesito compañía, pero cuando me canso de sus ladridos me limito a desconectarlo hasta la siguiente ocasión que echo de menos algo de movimiento y ruido en casa.
La semana pasa lentamente, como siempre cuando esperas algo. Finalmente llega el día y me encuentro repitiendo en la consulta de mi amigo la escena de la semana anterior. Pero esta vez me mira sonriendo. -Esto va bien-, pienso para mí.
-Tengo algo que quizá pueda interesarte – dice. -Después de tu visita hice unas llamadas, he hablado con unos antiguos compañeros y estos me pusieron en contacto con un grupo de investigadores…
-No necesito conocer tu red de contactos. ¡Suéltalo de una vez!- le digo con la falta de delicadeza del que paga demasiado y lo sabe.
Finge no reparar en mi impertinencia y prosigue con su explicación.
-Te parecerá una locura, pero este grupo de investigación lleva años trabajando en un proyecto…bueno, son varios proyectos con un solo objetivo.
-Quieres ir al grano, no tengo toda la tarde.
-Tranquilo y escucha con atención- contesta sonriendo, mostrando una dentadura blanca y perfecta. -Te lo explicaré todo y a mi ritmo, porque quiero que lo entiendas muy bien. Llevan años trabajando en un androide, no de aspecto humano, sino idéntico a un ser humano. Con la única diferencia de que todas sus funcionalidades orgánicas son de origen sintético. Ellos, ya sabes como se entusiasman con sus trabajos estos tipos, no lo consideran un robot, sino un ser humano sintético. Por decirlo de otra manera, un hombre con base de silicio en lugar de carbono, ¿lo comprendes?
Claro que lo comprendo, incluso yo vi de niño las viejas reposiciones de las series de ciencia ficción del siglo XX. Entiendo sus palabras, pero no sé muy bien a donde quiere llegar. Ignorando mi mirada confusa, él continúa con su exposición. El médico, el científico ha desaparecido y ha dado paso al visionario. Esto me anima y aumenta mis esperanzas.
-Sus dos grandes retos- prosigue -siempre han sido dos cuestiones esenciales: la complejidad de la estructura del cerebro humano y la programación. ¿Te suena un tal Asimov?
Niego con la cabeza.
-Fue un escritor de ciencia ficción de mediados del siglo XX. Te lo menciono porque de él tomaron el nombre que dieron a esos cerebros sintéticos, él los llamaba positrónicos. Ahora, después de años de trabajo, han sido capaces de recrear la estructura y funcionamiento de un cerebro humano. Se han aproximado tanto como nuestros conocimientos y tecnología les han permitido. Mucho más que nos acercaremos conforme pase el tiempo.
-Vale. ¿Y todo esto de que me sirve? Ya tengo varios ordenadores, no necesito otro.
-¡Ves!- me interrumpe levantándose de la silla y recorriendo su despacho de arriba abajo. Finalmente algo más calmado vuelve a sentarse.
-Ese es el error de todo el mundo. No te estoy hablando de un ordenador que cumple tus órdenes, que enciende o apaga las luces de tu casa, ni siquiera las de una ciudad. Estoy hablando de un cerebro capaz de almacenar, procesar, pensar por sí mismo. Algo capaz de superar su código binario, capaz a largo plazo de tomar por si mismo decisiones, sin necesidad de la supervisión de ningún ser humano.
-Disculpa Alfonso, no sé si lo he preguntado antes. ¿De dónde dices que han salido ese grupo de chalados?
Durante unos segundos no reacciona. Entonces vuelve a sonreír.
-¿Cuál es el principal obstáculo para los viajes espaciales? – me pregunta.
-Y yo que sé – respondo sin esforzarme en dar con la respuesta.
-Fernando, inténtalo.
-¿La falta de espacio? - contesto sin demasiado entusiasmo.
-Ese sólo es uno de los problemas. Y son muchos más los que se presentan en los programas espaciales. ¿Recuerdas a los primeros astronautas? Eran pioneros, auténticos aventureros. Sólo así se explica que pudieran ser capaces de aceptar meterse en habitáculos durante meses con tal de salir al espacio. Ahora las cosas son diferentes, nadie quiere pasarse dos o más años metido en una nave espacial. Las cosas han mejorado algo, pero todo el programa espacial y de comercio con las explotaciones mineras corre el riesgo de desaparecer por la falta de astronautas. Ya casi nadie esta dispuesto a enterrarse en una nave durante largos meses y menos aún a enfrentarse al millón de cosas que pueden salir mal en ese tiempo.
-Existen naves robotizadas- añado.
-Ya, así les va con esas naves. De cada tres viajes una de ellas desaparece sin dejar rastro o se convierte en un montón de chatarra. La Agencia Espacial necesitaba algo diferente. Seres sin nuestras limitaciones, libres de casi todos los sistemas de soporte vital y sobretodo autónomos. Esas son las referencias de ese “grupo de chalados”.
Guardo silencio. Ha logrado impresionarme. Ese proyecto debe contar con el apoyo económico de importantes inversores, qué yo sepa nadie presta dinero a ningún desequilibrado, salvo que sea un familiar.
-¿Puedo continuar?- pregunta Alfonso sin ninguna sonrisa en su rostro.
-Sí, adelante, disculpa mi escepticismo.
-No te preocupes, es comprensible. A mi también me costó aceptarlo al principio, pero después de su explicación y una visita al centro de investigación, me he convertido en un auténtico y sincero defensor del trabajo de esos chicos. Si hubieras estado allí… si hubieras visto su trabajo… Durante cinco minutos estuve sentado en silencio al lado de una de sus obras, ¡maldita sea!, si hasta le di los buenos días al entrar en la sala de espera. Era una reproducción perfecta de un ser humano. ¡Oye! si quieres te arreglo una visita al centro. Cuando les di tu nombre me enseñaron hasta los lavabos. Tu apoyo sería muy bien recibido.
Me abstengo de preguntar que apoyo esperan de mi, si el económico o el publicitario, pero no creo que Alfonso soportara una nueva impertinencia.
-Pero pese a todos los avances- prosigue -su mayor dificultad, su principal obstáculo para el desarrollo pleno de ese cerebro, continúa siendo la programación. Cómo se traduce la identidad de un ser humano en un programa binario que ha de ser capaz de ir más allá de esa traducción, capaz de aprender. Cómo se construye una identidad básica que pueda desarrollarse a partir de su experiencia, de su interrelación con el entorno. Cómo podemos en definitiva conseguir que tenga una opinión sobre las cosas y cierta “intuición” en el manejo de la maquinaria a su cargo. Ellos utilizaron un ejemplo que me encantó. Compararon ese código binario con el óvulo y el espermatozoide, capaces de combinarse para dar lugar a una nueva existencia. Y ya tienen la respuesta.
-¿Cuál es?- pregunto ansioso. Hasta yo me he dejado llevar por el entusiasmo.
-Que es imposible. No existe programador ni ordenador capaz de generar un programa de esas características. Al menos por el momento.
Mi desencanto impide hacer ningún comentario.
-Hasta ahora sólo habían conseguido androides que parecen seres humanos, se mueven como nosotros, incluso hablan como nosotros. Pero incapaces de hacer nada más allá de su programación. Unos completos cretinos que si no les dices qué deben hacer y cómo hacerlo se quedan inmovilizados mirando la pared.
Pienso que el problema no es tan grave, tengo una larga lista de seres humanos verdaderos que se comportan de la misma manera. Pero toca mostrarse un poco más pragmático y me limito a preguntarle qué utilidad tiene para mí ese experimento.
Me mira en silencio, con teatralidad, como quien se dispone a dar una gran noticia o a revelar un gran misterio. Tras esa pausa lo soltó.
-Así estaban las cosas hasta hace un par de años. Entonces dieron con la solución. Eran incapaces de convertir robots en seres humanos, pero no de transformar seres humanos en robots.
Creo que ha llegado el momento de levantarme y cambiar de médico. Él adivina mis pensamientos, me detiene cuando cojo mi abrigo apoyado en las rodillas y trato de levantarme. Rodea la mesa y se sienta en ella quedando frente a mí.
-Pensarás que es una locura, pero te estoy proponiendo transferir tu identidad, tu experiencia, tus recuerdos y tus conocimientos, es decir, trasladar todo lo que guardas en tu cabeza a uno de esos cerebros “positrónicos” virgen. Utilizar tu cerebro como matriz de programación.
-Alfonso, ¿supongo que estas de broma? Estoy desesperado pero no hasta ese punto.
-¡Joder Fernando!, nunca te expondría a un experimento de ese tipo si no hubiera sido probado antes.
-¿Ha sido probado?- pregunto.
-Claro que sí. O piensas que todo el mundo puede pagar por prolongar su vida o abandonar una silla de ruedas. Hay gente que ahorra durante años antes de poder volver a andar o vende todas sus propiedades para salvar su vida. Voluntarios no han faltado.
-¿Y ha funcionado?
-Claro que ha funcionado. Por eso me atrevo a proponértelo. La solución resultó de una gran simplicidad, la información almacenada en nuestro cerebro es en esencia impulsos eléctricos. Estos impulsos pueden ser transferidos a uno de esos cerebros sintéticos. Puede producirse alguna pérdida de recuerdos, especialmente de los más lejanos. Pero por lo demás están en condiciones de trasladar tu identidad a un cerebro no sujeto a las leyes de la biología y en principio de una duración casi indefinida.
-¿Has dicho indefinida?
-Sí, eso he dicho. Pero existen limitaciones. Tu vida ya no será la misma. No tendrás emociones, perderás el gusto y olfato, aunque eso se puede corregir con emuladores. No sentirás frío ni calor, ni hambre, ni sueño, ni tampoco deseo sexual. Pero todo esto se puede atenuar como te he dicho con emuladores. Aún así no dejará de ser una imitación de tus actuales sentidos y necesidades. Y lo más importante, esta transferencia se ha de realizar mientras tu cerebro es plenamente funcional. Si esperamos es posible que empiece a fallar, si eso ocurre puede que esa pérdida nos impida realizar una transferencia completa y por lo tanto eficiente. Huelga decir que tu cerebro orgánico morirá en la transferencia.
-Si quieres tomarte unos días para pensarlo, hazlo. Si tienes alguna duda llámame y te la aclararé Si necesitas visitar el centro de investigación, en un par de horas lo puedo arreglar.
Sé que es una decisión difícil, es renunciar a tu existencia para continuar viviendo sin sentimientos, afectos o pasiones. No volver a amar, no apreciar nunca más un amanecer o una obra de arte, no saborear un buen vino, leer comprendiendo las palabras pero sólo recordando el significado y las intenciones de las que ya leíste… No es una decisión para tomar en un día.
Me levanto de la silla donde he estado sentado y me acerco a la ventana, pongo mi mano sobre el cristal. Está nevando ahí fuera, pero el frío no alcanza mi mano. Observo cómo el día transita hacía la noche y mientras miro el horizonte encapotado, le pregunto: ¿y donde estará la diferencia amigo mío?

3 comentarios:

Alex Sanchez dijo...

Molt bó... para cuando el siguiente capítulo??...

Y el libro?...

Así da gusto pasarse por tu blog...

Saludos.

Fuentenebro dijo...

Reconozco que la ciencia ficción es el único género que no me llama la atención (aunque, en momentos de necesidad absoluta de un libro, claudiqué ante la colección de Asimov de mi hermano.

Hace poco, hablando del tema de la eutanasia y de un enfermo terminal que sufría y pedía que le dejasen morir, salió un obispo sentenciando que la vida es sagrada.
Y estuve totalmente de acuerdo, supongo que todos lo estamos. El problema es que nuestro concepto de lo que es la vida difiere totalmente.

Fernando, el protagonista de tu historia, está muerto. Lleva muerto muchos más años que su ex mujer, aunque él no lo sabía.

La verdad es que es duro pensar que el día en que se baje el telón ya no volverá a alzarse(en eso los creyentes llevan ventaja), pero hay cosas peores y no sentir es una de ellas, no reír ni llorar, no emocionarse ante una caricia o sentir que el estómago te quema ante una injusticia. No esperar, no dar.
como dijo Freddy Mercury: The show must go on. Aunque nos duela.

Alex Sanchez dijo...

Veo que la edad y el tiempo no perdona y traiciona hasta a los más profundos confesos.
Deduzco por la narración, que planteas un interesante problema, la existencia del alma.
Según creo entender, los sentimientos, afectos, pasiones, emociones, amar, apreciar un amanecer, etc. no residen en el cerebro... por lo tanto deben residir en el alma y el alma, entiendo que es una entidad aparte, no puede ser transferida como el cerebro...
Vale. Es un nuevo paso hacia un nuevo tú...je, je...

Un abrazo.