viernes, 18 de julio de 2008

Crónicas de un tiempo sin líneas

El tamaño ya no es un problema
La idea me la dió una vieja película de serie B: “El increíble hombre menguante”. Y yo que siempre he sido una persona muy apañada y de amplios recursos, valoré la posibilidad de utilizar el concepto para resolver uno de mis grandes problemas, bueno, el mío y el de muchos otros.
Después de darle unas cuantas vueltas al asunto, estudiar algo de física, química y biología, creí estar ya en condiciones de trasladar el proyecto, de mi cabeza al papel. Y más tarde, a partir de mis planos, pude construir la máquina. El artefacto fruto de mi ingenio que me permitiría reducir el tamaño de las cosas y a mi mismo a voluntad. No, no estoy loco, simplemente estoy desesperado. Mido dos metros, peso ciento treinta kilos y vivo en un piso de treinta metros cuadrados. Mi vida gira en torno a la cama. En ella duermo, en ella como y también desde allí veo la televisión.
Envidio a la gente que con un metro setenta y cinco y ochenta kilos de peso pueden tener en sus minúsculos pisos: una estantería e incluso un par de sillas. Esos son unos lujos que yo, por mi tamaño, no puedo permitirme, de hecho, mi armario está en el trastero del sótano.
El proyecto en sí parecía imposible, pero también parecía un imposible vivir en estas condiciones, teniendo la permanente sensación de estar en una celda y llevo diez años haciéndolo.
No nos engañemos, la vida no sólo es un techo donde cobijarse, es la necesidad de tener espacio para almacenar recuerdos: fotos y otros objetos aparentemente inútiles que nos recuerdan nuestro paso por ella. Estoy cansado de acumular mis viajes y mis recuerdos en el puñetero disco duro del ordenador, de no estar acompañado de fotos de las personas y los lugares que en algún momento fueron importantes para mí. Estoy cansado de vivir entre unas paredes sin espacio, para las cuales mi vida terminó hace cinco años.
Además, a los problemas de espacio, he de sumar los provocados por mi constitución física que ha contribuido a impedirme desarrollar una vida normal. ¡Cuánto envidio a esos enanos de metro setenta! A esos tipos que incluso pueden tener una pareja y pasar la noche con ella en su piso. Eso para mí hubiera sido el paraíso. Pero quién querría pasar una noche conmigo. Qué mujer estaría dispuesta a dormir atrapada entre la masa de mi cuerpo y un tabique. Alguna en el pasado se atrevió, pero nunca repitieron. Luego se corrió la voz de que yo no tenía casa, sino un camarote donde se corría el riesgo de morir aplastada o asfixiada.
Como pueden ver, los incentivos eran enormes. Ya no era cuestión de tener una vida social, a eso ya había renunciado hacía mucho tiempo. Todas mis citas empezaban y acaban en las cafeterías. Pero mis últimos años, antes de morir de un ataque de claustrofobia, deseaba experimentar las sensaciones de mi infancia. Una habitación solo para dormir, un baño donde poder lavarme los dientes sin necesidad de sentarme en la tapa del inodoro, un lugar lejos del dormitorio donde poder comer y una cama lejos de la cocina, a salvo de las salpicaduras de la cena. Es decir, quería poder disfrutar de un poco de espacio, poder moverme sin golpearme las rodillas, poder ver la televisión sentado en un sillón estirando las piernas sin necesidad de abrir la puerta del rellano. Si, lo sé, soy o más bien siempre he deseado ser un sibarita.
Como iba diciendo, para poder realizar mi experimento, tuve que renunciar a mi cama, deshacerme de ella para tener espacio donde trabajar. Durante dos largos meses dormí en el suelo. Sobre unas mantas, fue incómodo, pero si lograba obtener éxito todos los padecimientos y sacrificios serían recompensados. Una vez construido el artefacto pasé a la fase de experimentación. Primero probé con tomates, los primeros ensayos me asustaron, llenaron las paredes de salpicaduras y durante una semana estuve comiendo espaguetis a la boloñesa. Pero un día el tomate no estalló, apenas era perceptible, pero su diámetro y peso se habían reducido. Y lo mejor de todo, esta reducción era homogénea.
Continué los experimentos y llegó el día de probar con seres vivos. Bajé al sótano y emboscado en un rincón, tras una larga espera y varios intentos fallidos, logré mi objetivo: capturar vivas algunas cucarachas. Siempre me han dado un profundo asco, pero gracias a ellas di el salto en mi proyecto. Mi máquina funcionaba, pude reducir y restaurar su tamaño original a voluntad. Pero claro, tratándose de cucarachas, bichos tremendamente resistentes acostumbrados a aguantarlo casi todo, los resultados podían no ser extrapolables a otros seres vivos. Así que compre un par de periquitos, los más ruidosos de la tienda. El vendedor me hizo una oferta muy buena, creo que cuando me fui lo vi resoplando de alivio. Probé mi máquina con ellos y el resultado fue tan bueno como con las cucarachas. Eso sí, después de los experimentos aquellos periquitos no volvieron a decir ni mu y pasaron el resto de su vida en un rincón de la jaula, mirando el mundo con desconfianza.
Entonces llegó el momento de ir de compras de verdad. Compré una gran casa de muñecas, totalmente amueblada: con una cama enorme en una de las habitaciones, con sillones, un sofá, varias mesas y sillas, unos cuantos armarios y un baño tan grande que no necesitaba salir al comedor para enjabonarme. Un sueño de casa, me costó un dineral, pero aún así no necesité hipotecarme durante dos vidas para poder pagarla. También compré unos cuantos bonsáis, más bien bastantes bonsáis, otra pasta en naturaleza, pero me daba igual.
Entonces llegó el gran día, no sólo fue el día que me prejubilaron, sino también fue el momento de probar la máquina. Estaba calibrada para reducirme a veinte centímetros y por seguridad establecí un encendido automático de la misma cada veinticuatro horas para devolverme a mi tamaño original en caso de emergencia. Ahora, cada vez que llego a casa, paso por el baño y salgo de él con mi nueva estatura. Entonces paseo por la larga alameda que conduce hasta la puerta de mi enorme casa de muñecas. Entro, abro el armario del recibidor, dejo la chaqueta y enciendo el equipo de música que también he reducido. Me paseo por mi enorme vivienda, disfrutando del espacio, de las paredes cubiertas de libros, de fotos y recuerdos. Incluso tengo una buhardilla llena de trastos totalmente inútiles que compre en un mercadillo.
Pensé reducir el tamaño de la nevera, finalmente opté por no hacerlo. Nadie sabe lo que puede cundir la compra de la semana cuando sólo mides veinte centímetros. Todo supuso una importante inversión, pero con lo que ahorro en alimentación, electricidad y otros gastos, pronto la habré amortizado.
Ahora que tengo tiempo y el dinero me preocupa mucho menos, tengo nuevos proyectos para los veintisiete metros cuadrados restantes. De hecho, puede que divida el pisito en dos alturas, y dedique una de ellas, la más cercana al fregadero, para cultivos biológicos y una piscina. Ya estoy trabajando en una escalera de caracol a escala, espero tenerla acabada antes de que llegue el calor. Podría patentar mi invento, ¿pero quién iba a sacar provecho de él? Sólo los promotores, que acabarían vendiendo pisos de tres metros cuadrados. Así que disfrutaré en secreto de mi invento. Quizá dentro de unos años, cuando note la cercanía de la Parca, vuelque toda la información en la red. Pero mientras llega ese momento, mi única preocupación y problema es cómo meter en casa un caballo y varias vacas para poder reducirlos sin levantar las sospechas, ni las quejas de mis vecinos. Porque mi antiguo piso, ahora tiene la extensión de un rancho.

5 comentarios:

Fuentenebro dijo...

Recuerdo haber visto esa película hace muchos, muchos años, y recuerdo el cajón de los libros prohibidos de mis padres, donde Bukowsky también pensó un hombre menguante aunque con otros fines…La verdad es que no sé si me provocó más pesadillas la araña de Jack Arnold o la mujer gorda de Bukowsky…pero el sentimiento de claustrofobia e indefensión que ambas situaciones provocaban me acompañó durante mucho tiempo.

Supongo que el piso en que vives será tuyo en propiedad…porque, claro, si es alquilado…el propietario puede extrañarse de no saber de ti y decidir alquilarlo a otra gente.
Tal vez a una típica familia con una típica niña que encontrará una fantástica casa de muñecas que el antiguo inquilino olvidó.
Incluso esa típica niña puede tener la típica mascota…un lindo gatito, ¿por qué no? Un gatito que se volverá loco de felicidad al ver cómo algo se mueve por la alameda, algo que corre y trata de esconderse en casa cuando él juega a pillarlo, algo que hace ruiditos cuando lo persigue y le pone su pequeña zarpa encima…
Desde luego, este juguete es mucho mejor que el antiguo ovillo de lana, ya desgarrado e inservible, que había empezado a aburrirle.

Anónimo dijo...

Agradezco encarecidamente tu invitación a pasar una tarde en tu "rancho", la verdad es que lo pasé muy bien, montando en cobaya por tus extensas propiedades(entiendo que meter un caballo en casa resulta sospechoso), disfrutando de la mayor barbacoa que he visto en mi vida (lo de reducir las costillas, las morcillas y los chuletones al 10% solo, es toda una idea) y beber como salvajes (quizás deberías plantearte reducir el cava también, las burbujas de 50 cm. de diámetro asustan cuando salen a la superficie). La semana que viene si tengo tiempo te alcanzaré mi hipoteca y las facturas de casa a ver si me las reduces también y mejoro un poco mi situación financiera.
Lo dicho muchas gracias por día tan especial.
PS. Por cierto trata de solucionar ese picor que provoca tu máquina después de la segunda y tercera reducción y ampliación, se lo he explicado todo a la parienta y ha salido con que vaya excusa más mala y que si quiero visitar nosequeclubs de carretera que elija alguno con buena higiene.

Un abrazo.

Antonia Cortijos dijo...

Esta máquina tan fabulosa se la podías vender a precio de oro a la ministra (no recuerdo su nombre) que inventó una máquina de tortura, los pisos con menos de 50 metros cuadrados, y tú comprarte un terreno frente a la Costa Brava de más de tres mil metros cuadrados y tomar el sol en tú piscina a escasos metros de tú cala privada. Esta vida no sé si superará a la que vives en tu casa de muñecas como un pachá, pero tendría algo de lo que ésta carece, vistas al mar, y un aire libre de contaminación.

Me ha encantado el cuento, solo una pequeña sugerencia, vigila las comas.

Anónimo dijo...

Se te olvidó un pequeño detalle para que la gente te envíe sus cosas...poner una dirección a donde hacerlo. Al menos yo no la encuentro...
Si esto te interesa para algo...

Infancia.

Para mí, la vida dejó de ser lo que me habían prometido en un mes de abril.
Recuerdo estar jugando a la comba en la calle y a mi hermana pequeña bajando por el descampado gritando que él había muerto. Sentí que algo se me caía encima, algo muy pesado que no me dejaba moverme y mientras todos nos miraban, la cogí de la mano y subimos a casa llorando.
Yo le quería y él a mí también, siempre supe que era su favorita aunque nunca me lo dijera. Por las mañanas me despertaba riendo al sentir su aliento en mi cara, desayunaba rápidamente, y era él quien me llevaba al colegio. A la salida, muchos días nos íbamos a pescar al río, con una vara de avellano con tanza y anzuelo y unas migas de pan, y siempre cogíamos algunos pescardos, que luego mi madre se negaba a limpiar.
Parece ser que no vio venir el coche, pasó casi media hora tirado en la calle sin que nadie acudiera en su auxilio, sin que nadie lo abrazara y murió.solo

A la semana siguiente le dije a mis padres que el próximo perro lo quería de raza.
Según mi amiga Belén, así seguro que me duraría más.

Javi García dijo...

Hola. Claudia has logrado ponerme los pelos de punta. Realmente has conseguido que desde tu comentario mire con mucha desconfianza a los gatos y ellos a mí con mucho más cariño, eso si, lo hacen mientras se relamen. ¿sabrán leer los gatos?
Respecto al "anónimo" de los picores. Mi máquina no produce efectos secundarios de ningún tipo. Pero sirve como excusa para casi todo. Si tu dices que produce picores, no seré yo quien, al menos en público, te contradiga.